Muchos han contado esta historia de diferentes maneras, en épocas distintas, pero tal vez Paul Trynka, un afamado periodista inglés, la narra mejor que nadie: David Bowie no soportaba más a Ziggy Stardust (su gran creación y alter ego) y decidió liquidarlo durante un concierto el 3 de julio de 1973, tras una larga gira. Bowie, definitivamente, estaba agotado y aburrido de él.

“Los trajes diseñados por Freddie Buretti, raídos y viejos, también habían llegado a su fin”, recuerda Trynka en el libro Starman, que recoge la vida y obra del músico británico. Buretti había creado gran parte de la vestimenta que usó Bowie para representar a su marciano (Ziggy), concebido para el álbum revolucionario The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972). Bowie tenía como uno de sus lemas que su música debía verse como sonaba.

Cuando el modisto murió de cáncer el 11 de mayo de 2001, en París, a los 49 años, todos creían que de aquellos perturbadores trajes no quedaba nada, solo el registro en fotos. Pero Bowie sorprendió al anunciar que había conservado la mayoría de las piezas que lució en el amanecer de los años setenta: “Guardé todas tus cosas, Fred. Perdí muy poco. Tengo todas las mejores cosas. Las cuidaré por ti, Dios te bendiga”.

Doce años después las prendas se volvieron fundamentales en David Bowie Is, la ambiciosa exposición itinerante, producida por el Museo Victoria & Alberto (V&A) de Londres, que comenzó en 2013 y tendrá punto final el próximo 15 de julio en Nueva York, donde el músico murió el 10 de enero de 2016. Así finaliza un periplo que pasó por otras 10 ciudades del mundo, Londres, Tokio, São Paulo, Barcelona, Berlín,Chicago, Melbourne, París y Toronto, donde la visitaron casi 2 millones de personas.

Matthew Yokobosky, director de diseño y curador de la muestra en el Museo Brooklyn, ha explicado que Bowie siempre pensó que la exhibición debía tener el mismo rumbo que su vida: de Londres a Nueva York, mientras recorría el mundo entre ambas ciudades. El artista continuamente confesaba que la Gran Manzana había sido su auténtico hogar.

Esta exposición ambulante, que el mismo Bowie ayudó a pensar y cimentar, tiene unos 400 objetos entre los que aparecen, además de su vestuario, manuscritos, películas, fotografías, videos, moda e instrumentos musicales. Sin embargo, en Nueva York agregaron nuevas piezas, como una gran selección de dibujos y pinturas de Bowie, y algunos elementos en los que hay relación directa entre el artista y la ciudad, o con Estados Unidos.

Y así sumaron el telón de fondo de la producción de Broadway de El hombre elefante, protagonizada por Bowie a comienzos de los años ochenta, dibujos producto de conversaciones telefónicas con Laurie Anderson (la viuda de Lou Reed), diversos detalles del álbum Young Americans, grabado en parte en Filadelfia, y proyecciones de Sound + Vision, su gran gira de 1990, durante siete meses, por los cinco continentes. Y la versión única de Space Oddity que Bowie preparó para un programa del famoso presentador Dick Clark y un especial para televisión de 1980 Floor Show.

Otros pormenores, no menos llamativos, tienen que ver con la presencia de las carátulas prohibidas en Estados Unidos de sus discos. Una de ellas, la de Diamond Dogs, en la que Bowie aparece mitad hombre, mitad perro, del que saltan a la vista unos inmensos testículos retocados y apocados (por no decir desaparecidos). Lo mismo pasó con la portada de Tin Machine II, álbum de la banda del mismo nombre que el británico lideró entre 1988 y 1992. Allí aparecen varias imágenes de un kouroi, escultura griega de un hombre desnudo, que muestra explícitamente sus genitales, pero cubiertos con aerógrafo. En la misma línea aparece el vestido que usó para 1980 Floor Show que cubría muy poco en la entrepierna. A estos tres casos, Bowie los bautizó como “mis tres castraciones”.

En cuanto a atuendos, no podía faltar Tokyo Pop, de Kansai Yamamoto, todo un icono de la moda, diseñado por el japonés para la gira de Aladdin Sane (1973), el sexto álbum de Bowie. El autor había diseñado este conjunto, cuyos pantalones tienen la forma de un disco gigante, para que lo luciera una mujer, pero como ha señalado Victoria Broackes, curadora del V&A, Bowie representa una idea de libertad: “Ser lo que uno quiere, vestirse de hombre o de mujer, ser homosexual o heterosexual, lo cual es un mensaje sumamente liberador”. En la muestra tampoco podían faltar las pintas de Ashes to Ashes (1980) y Little Wonder (1997).

La exposición atraviesa la vida de Bowie, desde que era un niño en Brixton, su barrio de Londres, hasta el álbum testamento Blackstar, publicado dos días antes de su muerte. Su heterogeneidad también está reflejada, como dice Yokobosky en la revista Lipulse: “De alguna forma se movía de un lado a otro y seguía caminos diferentes, y no siempre regresaba al mismo lugar”.

La música, obviamente, no puede faltar: los asistentes reciben unos audífonos en los que pueden oír 36 canciones de Bowie, en una banda sonora que suena según la sala y el lugar en el que esté el visitante. Incluye, además, algunas entrevistas del artista y varias películas que tuvieron relación con él.

Esta es una de las exposiciones más grandes en la historia del Museo Brooklyn. Como ocurrió en las otras ciudades, busca que el espectador se aproxime e identifique con la versatilidad del artista: músico, actor, realizador, hombre de moda, escritor o dibujante, entre otras tantas. Aunque murió hace un par de años, la muestra recuerda irrebatiblemente que aún David Bowie es…

La opinión desde adentro

Astrid Harders, periodista y editora, visito la exposición y escribió estas lineas para SEMANA. 

La exposición ‘David Bowie Is‘ es un animal que ha ido creciendo con el tiempo. Cuando hizo su debut hace cinco años en Londres, ciudad en la que Bowie también lanzó su carrera, era una retrospectiva que abarcaba cinco décadas de música, arte, moda y objetos que develaban el proceso creativo del inglés. Hoy, en su actual encarnación en el Brooklyn Museum de Nueva York (ciudad en la que terminó la carrera de Bowie), es eso y más. A su instalación más extensa se le ha sumado parafernalia nunca antes vista. Además, esta versión de la expo carga con un suceso adicional: la muerte de Bowie en 2016.

Es así como este enorme tributo tiene algo para todos, desde el fan más afiebrado hasta el que apenas tararea “Starman”. Hay una póliza estricta que no permite tomar fotos o hacer videos, con el fin de mantener la atención sobre los múltiples personajes que encarnó Bowie a través de los años. El recorrido es cronológico, aunque con paréntesis temáticos. Está por ejemplo la sección que profundiza en las colaboraciones de Bowie con diversos diseñadores de moda: la magia tras el vestuario de Ziggy Stardust y el icónico vestido “Tokyo Pop” del japonés Kansai Yamamoto, la influencia blanco y negro del cabaret alemán en las presentaciones del Delgado Duque Blanco y la chaqueta de Alexander McQueen que Bowie lució en la portada de Earthling.

La retrospectiva también cuenta con videos de entrevistas y presentaciones en vivo, fotos de Mick Rock, Terry O’Neill y Brian Duffy, palabras de Brian Eno y Laurie Anderson, un clip de Bowie como mimo (disciplina que estudió), la transcripción de la legendaria entrevista con William Burroughs, una explicación del programa de computador que Bowie usaba para escribir letras, un papel de colgadura que diseñó, una cuchara para consumir cocaína y pinturas de su autoría, entre muchas joyas más. Al final del recorrido se afianza más que nunca el genio que era Bowie y, ante todo, dan ganas de darse la vuelta, devolverse y quedarse sumergido en ese sinfín de mundos en los que Bowie nos enseñó que está permitido ser lo que uno quiera ser.

Astrid Harders (@tintosinazucar)