La primera vez que vi “Los Cazafantasmas” fue en octubre de 1989, en VHS. Era la edición de LK-Tel Video, la que distribuía (y aún distribuye) las películas de la Columbia y Tristar, la actual Sony Pictures. Lo primero que mostraba la cinta, luego de las advertencias de derecho de autor, era un teaser de “Tootsie”, esa genial comedia protagonizada por Dustin Hoffman. Después de arrendar, al menos, unas 5 veces ese VHS, el tipo del videoclub sugiere que mejor me hace una copia para que no gastara tanto al arrendarla una y otra vez. Calculo que debo haber visto esa cinta más de 40 veces. Y a eso hay que agregarle las veces que la pasaban televisión abierta y en el cable.

Si hay algo que me remonta a mis años felices de infancia, sin duda que “Ghostbusters” lo logra con creces. Ya sé que la película es un icono de la cultura pop a estas alturas del partido y que debe tener aburridos a no pocos, pero no está de más echarle un vistazo cada cierto tiempo.

La idea de “Ghostbusters” es del ex miembro de “Saturday Night Live” Dan Aykroyd, quien es un aficionado investigador de lo sobrenatural, de esos muy bien documentados, que sabía bastante de toda la materia como para darle la vuelta de tuerca necesaria para plasmarla en una idea para un guion. Se sumó su compañero del show de New York, el genial y siempre notable Bill Murray, para actuar en la eventual película. Junto al siempre efectivo director de comedia Ivan Reitman (realizador de “Animal House” y “Stripes”), desarrollaron el concepto de esta historia de los Cazafantasmas, casi de caricaturas, que trataba sobre unos científicos que se dedicaban a la captura de espectros, algo así como exterminadores. Reitman incorporó al equipo a un ex miembro del equipo de National Lampoon, Harold Ramis, como co-escritor y el tercer cazafantasmas.

La historia de esta “Ghostbusters” es bien sencilla: los doctores en parasicología Peter Venkman (Murray), Raymond Stanz (Aykroyd) y Egon Spengler (Ramis) son expulsados de la Universidad de Columbia, donde hacían clases y se dedicaban a las investigaciones de lo sobrenatural. Juntos, se embarcan en la factibilidad de atrapar a estos espectros y almacenarlos, prestando sus servicios de ghost-busting a la ciudad. Una dama en peligro, Dana Barret (Seagourney Weaver, en un sorprendente rol), les pide ayuda a estos cazafantasmas, pues su penthouse en un acomodado edificio del Central Park pareciera ser una central de espectros. No tardarán en llegar los primeros encargos (de antología la caza de Slimer en el hotel lujoso), los arrestos, las complicaciones, la Nueva York necesitada de ayuda y el final apoteósico. Claro que todo en clave de la mejor comedia parida de la costa este.

A pesar de no ser una película “seria”, lo que nos trae “Ghostbusters” no es sólo un arsenal de efectos especiales cuando aún eran ártesanales y pre-digitales, aparte del gigantesco merchandising que conlleva toda película con tintes infantiles (poleras, gorras, juguetes, álbumes, y un largo etcétera). Tampoco un éxito de taquilla demoledor, vacío e inocuo, de esos que se olvidan al verano siguiente y a la próxima idea masiva que se les ocurra a los potentados insensibles del mainstream. Lo que “Ghostbusters” nos muestra es la inmortal comedia bien hecha, con grandes e inmortales ideas, puesta al servicio de la cotidianidad. Fue idea de Reitman el situarla en el contexto de Nueva York con profesores universitarios, pues le daba a todo el cuento de atrapar fantasmas un toque realista y, aunque suene extraño decirlo, aterrizado. Lo de “Ghostbusters” tiene su lógica. No es tan al aire como pudiésemos fácilmente concluir. Acá hay una cierta coherencia de “discurso”. Ghostbusters tiene un ritmo, gracia y encanto únicos en su especie. “Ghostbusters” nos hace retroceder a esos años donde nuestro “suspended disbelief” funcionaba sin que lo propusiéramos. La película nos devuelve esa inocencia que teníamos de niños y que perdimos por diversas razones.

Una de mis secuencias preferidas de “Ghostbusters” es la del ayuntamiento, donde tratan de explicar al alcalde todo lo que está pasando y lo que está por venir si ellos no intervienen. ¿Locos tratando de convencer a cuerdos? La línea entre lógica y surrealismo es notable ahí, de las mejores cosas que nos dejó esa década en la que fuimos niños y jugábamos mientras todo cambiaba a nuestro alrededor.

Si bien “Ghostbusters II” es tan entretenida como la primera, la secuela no logra la magia de ésta. “Ghostbusters” se inscribe en nuestro inconsciente como un bello recuerdo de esos años de cabro chico, lo que no tiene nada de malo.

¿Recuerdan los dibujos animados que pasaban por TVN, “The Real Ghostbusters”? Fueron de los últimos juguetes que pedí cuando era un niño. Los tengo los 4, guardados en un cajón. Aún conservo el póster enmarcado en mi pieza, el que convive con los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan y The Who. Y veo el Bklu-Ray de su aniversario 30 de vez en cuando, sumando más veces de vista a la película. Como esos discos que te repites una y otra vez para redescubrirlos, notar sus capas de detalles y dejarte maravillar como si fuera esa ya lejana primera vez.