PARA QUÉ quiero enemigos / si tengo tantos hermanos. / Los que están hasta las manos / y los de mano tendida. / Para qué aburrir el termo / con el agua casi hervida”. Con aliento tanto de blues como de folclore, estos versos flamantes llevan la firma de Andrés Calamaro, que, feliz y satisfecho, los comparte hacia el final de una larga entrevista realizada a saltos por medios electrónicos varios, pero con la dinámica de la charla cotidiana, del ida y vuelta permanente.

Nocturno, urbano y de puertas adentro durante gran parte de su vida, desde el final de su última gira, Licencia para cantar, en 2017, Calamaro está instalado en un barrio cerrado situado en Benavídez, en el norte del Gran Buenos Aires, a unos 40 kilómetros de la capital. La casa tiene dos plantas y un fondo con parrilla, parque y pileta. La vivienda cumplió el papel de refugio veraniego mientras el artista mantuvo un departamento porteño, pero desde hace unos años es su único hogar en Buenos Aires. “Me despierto tarde y escucho música todo el tiempo, pero escribo bastante y los proyectos siguen progresando. Es una vida muy disfrutable”, cuenta de su solitario día a día actual. En la enumeración habría que sumar otras dos de sus saludablemente ociosas actividades principales: cebar mate durante todo el día y arremangarse en la cocina para preparar la comida. Algo que hace desde que se duerme y despierta en horarios civilizados. Le gusta incluso comprar él mismo los ingredientes, así que conoce muy bien los mercados de los barrios en los que ha vivido.

Ese es el entorno desde el que llegan entonces aquellos versos recién salidos del horno que el cocinero y cebador está calentando junto al pianista Germán Wiedemer, su actual cómplice en esto de hacer discos y salir de gira. “Estamos armando canciones. Pero lo que hacemos es recién la previa de la previa de grabar algo nuevo”, advierte Calamaro, dejando claro que, sí, hay nuevos temas, pero todavía falta para que conduzcan a un disco. De hecho, el que anuncia para este año no incluye esas canciones que están empezando a asomar, sino que es uno que se ha pasado grabando todo 2017 bajo un tinte más celebratorio. De momento —se disculpa— prefiere no abundar demasiado sobre el asunto más allá del detalle de que es un trabajo que saluda al arte de grandes intérpretes y a sus propias canciones, según escribió en un post de fin de año que publicó en Internet.

A punto de cumplir cuatro décadas desde su primera grabación, si volviera a empezar se daría un consejo: “Evitar divorcios y vicios caros”

“Tendremos invitados ilustres”, es lo último que Andrés accede a agregar sobre el proyecto. Y aporta un dato conmemorativo: “Este año es mi brutal cuadragésimo aniversario en estudios de grabación, así que sería mi regalo de cumpleaños en la confección de discos”. Tenía 17 años recién cumplidos cuando entró por primera vez a una pecera en su natal Buenos Aires para registrar su piano Wurlitzer en el primer álbum de un grupo llamado Raíces, que mezclaba rock y candombe, liderado por un bajista uruguayo, Beto Satragni. “Estaba muy verde”, acepta. Y agrega, para completar la descripción de aquella versión suya cuatro décadas más joven: “Era un estudiante poco aplicado y apenas un aspirante a músico. La verdad es que, si lo pienso ahora, preferiría no haber grabado nada hasta pasados los 25 años o más cerca de los 30, cuando estaba más maduro como cantante y manejaba otros criterios conceptuales sobre el sonido y la música”. Luego añade otro consejo que se daría a sí mismo si volviera a empezar: “Evitar divorcios y vicios caros”.

Así que cuando cumpla 57 años el próximo 22 de agosto —una fecha que lleva tatuada en su antebrazo izquierdo— Calamaro estará brindando por toda esa larga lista de grabaciones, que incluyen las que realizó con los dos grupos célebres de los que supo formar parte antes de ser conocido por derecho propio, uno en Argentina y otro en España: Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez. Armado alrededor de Miguel Abuelo, un mito local que por entonces estaba disfrutando de su regreso, aquel primer grupo fue parte esencial del sonido ­rocker que acompañó en Argentina las celebraciones del regreso de la democracia tras la última dictadura militar, al comienzo de los ochenta. De Los Abuelos partió muy joven y en la cumbre del éxito del grupo, en busca de una gloria solista que —nadie se lo imaginaba entonces— aún tardaría una década en llegar. Para eso debió cruzar antes un océano, fundar otra banda de cero en una ciudad nueva, Madrid, y al alcanzar una nueva cumbre quedarse allí un buen rato antes de regresar a su camino en solitario. Y entonces sí, fue el turno de Alta suciedad (1997), el disco que confirmó su condición de estrella con nombre propio.

“Todo el mundo tiene derecho a una década buena”, exagera ahora Calamaro, medio en broma y medio en serio. Y enseguida acomoda la suya entre Nadie sale vivo de aquí (1989), su último e ignorado álbum solista porteño grabado junto a Ariel Rot antes de irse a probar suerte en Madrid, y Honestidad brutal(1999), el doble con el que, justo antes del cambio de siglo, comenzó un maratón compositivo que continuó con el álbum quíntuple El salmón (2000), y también mucho más allá. Una época arrebatada y épica en la que escribía más de una canción por día, porque, confesó entonces, si escribía solo una, estaba apenas a una canción de pasar un día sin escribir una canción. “Y eso sí que me da miedo”, decía, mientras seguía llenando discos duros antes de quedar sin aliento.

“Cualquiera en su sano juicio hubiera clausurado una carrera musical después de un disco semejante”, asegura hoy. Aquel quíntuple álbum, de hecho, lo cerraba con un tema bautizado con intención: ‘Este es el final de mi carrera’. “Si la vergüenza se pierde jamás se vuelve a encontrar’, dijo el gaucho Martín Fierro. Así que después de El salmón hago lo que puedo: creo que estoy mejorando sin hacer demasiado esfuerzo”, confiesa Calamaro, que al atravesar aquel fuego se ganó cierto respeto más allá del rock, tanto de los tangueros como de los gitanos. “Cuando se me empezaron a acercar pensé que me confundían con otro”, dijo por entonces el compositor de canciones como ‘Estadio azteca’ o ‘La libertad’, rescatadas de esas llamas. Convertidas en clásicos inmediatos, funcionaron como punto de partida para el eterno retorno de un artista que hoy, en un mismo año —como sucedió en 2016—, puede editar tanto un disco acompañado solo al piano como otro eminentemente rockero. “Confieso que me gustaría enfocarme más en el rock”, explica Andrés. “Pero a estas alturas permito que la música se cuide sola. Algo para lo que, eso sí, tengo muy buenos compañeros”.

Tan sola se cuida su música que Calamaro se dedica en el último tiempo más que nada a la ajena. “Después de pasar mil años agachado, escuchando mi propia música recién grabada, volví a darle importancia al simple hecho de escuchar buenos discos con el mejor sonido posible”, explica sobre una obsesión que es en realidad un regreso al punto de partida. “Soy argentino hasta en la Luna y quizá un poco también sea un español de Madrid, donde me siento como en casa. Pero mi patria son los discos. Tengo otras patrias, por suerte, pero los discos son la capital. Hablo de la música que escucho. La que compongo yo está fuera de mi relación con los discos”.

Son amplios los intereses musicales de Andrés —salsa, jazz experimental y por supuesto rock y más rock—, y su obsesión es firme. Lo primero que hace en cualquier viaje es encontrar la casa de vinilos más cercana. Puede sentarse a comprar onlinecuando aún ni ha desempacado, como hace al llegar a Madrid, o preocuparse por sortear entre los integrantes de un grupo de Facebook dedicado a los vinilos algunos ejemplares de su discoteca adolescente, como hizo el año pasado apenas se instaló en Buenos Aires. “Escucho discos todo el día, esa es mi red social solitaria”, cuenta quien alguna vez anunció públicamente su retirada de Twitter, asediado por exabruptos propios y ajenos. “Ahora mi hija Charo me explica cómo usar Instagram, pero nunca supe usar las redes. No las entiendo”. Su hija acaba de cumplir 11 años, y es fruto de su relación con la actriz Julieta Cardinali, de la que se separó a comienzos de esta década.

El cantante habla de volver a instalarse en Buenos Aires, dejar la suburbial Benavídez y acercarse al porteñísimo Palermo, el barrio que, explica, siempre fue su hábitat; sabe que así estaría más cerca de Charo. Y también de mamá Esther, que, a sus 95 años, aún vive en el mismo departamento donde Andrés atravesó su adolescencia. Su padre, Eduardo, falleció dos veranos atrás, con 98 años. Pero resulta difícil hablar de la vida privada de Calamaro. Y menciona de pasada que, cuando algún detalle de su vida de soltero llega a los medios obsesionados con el tema, lo hace al menos con un mes de retraso. Así se lo comentó a su amigo Julio Iglesias la última vez que lo llamó.

El sobreviviente Calamaro se enorgullece de estar en contacto directo con Julio y también con Raphael, con los que recientemente ha grabado codo a codo. “Para mí, que Julio Iglesias sepa quién sos ya es algo grande. Un logro importante”, confiesa Andrés. “Y poder cantar juntos, merecer esa confianza… Hace muchos años que esperaba algo así. Julio y Raphael son dos caballeros de gran categoría. Son como reyes o presidentes constantes de un país que pertenece a todos los que vivimos tras los límites de nuestro idioma”.

Asediado por los exabruptos, Calamaro ha querido dejar Twitter. “No entiendo las redes”, asegura. Su hija de 11 años le ayuda ahora con Instagram

Fotos, toros y la palabra impresa. Esas son las últimas obsesiones de Calamaro más allá de los confines de la música. Aunque están íntimamente relacionadas: no en vano Andrés es hijo dilecto de la cultura rock porteña; acuñada durante la segunda mitad de los setenta, bajo un Gobierno militar, se trata de una corriente endogámica que hurgó en los tachos de basura del sistema hasta construir un universo estético propio, plagado de, entre tantas otras cosas, ciencia-ficción, historietas y escritores ligados a la contracultura. Como Enrique Symns, periodista gonzo argentino, una suerte de Hunter Thompson local, al que Calamaro dedica un capítulo en su velada autobiografía, Paracaídas y vueltas, que asegura haber escrito “para que no me escriban”. Alrededor de Symns, y con la ayuda del best seller del periodismo policial Rodolfo Palacios y otras plumas locales ilustres, Calamaro se encuentra complotando una revista que, en épocas tan digitales, se presume que tendrá destino de papel.

Pero si la escritura, sea miscelánea o periodística, siempre estuvo cerca de él —actualmente escribe columnas con cierta regularidad en el periódico Abc—, la sorpresa es que también se revela como fotógrafo. Uno de sus proyectos es un libro de instantáneas tomadas durante sus visitas a los toros, que prepara con la ayuda del grafitero y fotógrafo español Jeosm. “Saco fotos de toda la vida”, asegura. “La primera corrida con una máquina Canon la hice en México. Antes tuve dos Leica, pero todas las fotos para el libro las saqué con la Canon. Espero que esto sea una estación en el viaje y poder seguir viendo toros sin ocuparme de llevar cámara y zoom”, confía Calamaro, que se ha ganado sus dolores de cabeza por su defensa de la tauromaquia, una pasión que descubrió con su llegada a Madrid, apenas despuntados los noventa. “No me considero una persona cruel con los animales, básicamente porque no soy sádico y porque me gustan los animales”, afirma. “La tauromaquia es algo más profundo y sutil que la estética que ofrece. Para encontrar la pasión hay que aprender a ver primero y a sentir después”.

En ese camino de ver y sentir, Calamaro parece haber aprendido también a desapasionarse para escapar de la polémica. “Lo que pasa es que, dentro de mis posibilidades, trato de encontrarle un enfoque intelectual a las cosas. Fui educado en una familia firme en el socialismo, el feminismo, ateos y buenos argentinos. En un solo puño. Sé que hice un montón de gestos para merecer esta raigambre. Tampoco me peleo, realmente, con nadie”, agrega para terminar, y vuelve casi sin darse cuenta a los versos con los que comienzan estas líneas. Los que permiten asegurar que Calamaro vuelve a tener el mate y los brazos llenos de canciones. Solo es cuestión de dejarlo cebar tranquilo. Y esperar el turno para un amargo.